Cuando hablamos de virus, solemos pensar en gripe, catarros o gastroenteritis. Pero hay otros virus cuyo objetivo no son nuestras células: infectan bacterias. Se llaman bacteriófagos, o fagos, y también forman parte del ecosistema intestinal. Una noticia difundida hoy por Europa Press recoge un estudio del CSIC que describe cómo cambian estos virus durante el primer año de vida y cómo se relacionan con la alimentación del bebé.

La microbiota también tiene sus virus
La microbiota intestinal es la comunidad de microorganismos que habita en nuestro intestino. Las bacterias son una parte importante de ella, pero no cuentan toda la historia. El conjunto de virus de un ambiente se llama viroma; la parte formada por virus que infectan bacterias recibe el nombre de fageoma.
Pensemos en el intestino como un ecosistema. No basta con saber qué bacterias hay: también importa qué organismos interactúan con ellas. En educaina ya explicamos que las bacterias tienen funciones muy distintas y no todas causan enfermedades y que los microorganismos establecen relaciones entre sí y con su entorno. Los fagos añaden otra pieza a esas relaciones.
Un fago necesita una bacteria compatible para multiplicarse. Algunos ciclos de infección terminan con la ruptura de la bacteria y la liberación de nuevos virus. Otros fagos pueden integrar su material genético en el de su bacteria hospedadora y permanecer allí. Estas interacciones pueden modificar las poblaciones bacterianas y facilitar el intercambio de material genético. Son mecanismos conocidos que los autores describen en la introducción del estudio publicado en Cell Reports Medicine.
Por eso, encontrar fagos en el intestino no equivale a diagnosticar una infección vírica del bebé. Tampoco significa que todos los fagos sean beneficiosos. Su papel depende de las bacterias con las que interactúan y del contexto.
Qué estudiaron los investigadores
El equipo, con participación del Instituto de Biomedicina de Valencia y del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos, ambos del CSIC, analizó datos de 34 parejas madre-bebé de la cohorte MAMI, realizada en España.
Estudiaron muestras de heces infantiles recogidas a la semana, al mes, a los seis meses y a los doce meses de vida. También analizaron muestras de heces y de leche de las madres obtenidas al mes del parto. No hubo muestras de todos los participantes en todos los momentos.
La técnica utilizada fue la metagenómica, que permite estudiar el material genético presente en una muestra. Con herramientas informáticas, identificaron secuencias de fagos, las agruparon en poblaciones virales y estimaron las bacterias a las que podían estar asociadas. No se trataba de observar cada virus infectando una bacteria en el laboratorio: una parte de las relaciones se infiere a partir de las secuencias genéticas.
El trabajo es observacional. Los investigadores siguieron los cambios y analizaron su relación con la edad, la alimentación y otros factores. No asignaron al azar un tipo de alimentación ni probaron un tratamiento.
Un ecosistema que cambia durante el primer año
En las primeras etapas, una parte pequeña de las poblaciones de fagos concentraba buena parte de la abundancia viral. Entre los fagos más abundantes y persistentes destacaban los asociados al género bacteriano Bifidobacterium.
Con el paso de los meses, el fageoma se diversificó. El número medio de poblaciones virales detectadas por muestra pasó de unas 56 en la primera semana a unas 160 a los doce meses. Estas cifras son promedios de esta cohorte, no valores que deban cumplir todos los bebés ni medidas del número total de partículas virales.
También cambiaron las bacterias con las que se asociaban los fagos. A medida que avanzaba el desarrollo y se diversificaba la alimentación, aumentó la presencia de fagos vinculados a grupos bacterianos más habituales en etapas posteriores.
Las comunidades de bacterias y de fagos evolucionaban de forma relacionada, aunque no idéntica. Además, existían diferencias importantes entre bebés. El estudio no describe un único fageoma infantil que todos deban tener.
Qué relación encontraron con la lactancia
Las variables de alimentación infantil mostraron asociaciones con la composición del fageoma en distintos momentos del primer año. En los bebés que recibían leche humana, los autores observaron un enriquecimiento de fagos asociados a Bifidobacterium. Con el destete y la introducción de alimentos complementarios aparecían otros patrones.
No era una división simple entre dos grupos: el estudio consideró la lactancia, la alimentación mixta, la fórmula y la incorporación de alimentos sólidos, que puede coincidir con la lactancia.
Hacia los doce meses, la riqueza de fagos tendía a acercarse entre los grupos de alimentación, aunque persistían diferencias en su composición. Tener más variedad de fagos no se puede traducir, a partir de este estudio, como tener mejor o peor salud.
La alimentación fue uno de los factores con asociaciones más consistentes, pero ningún factor explicó por sí solo todas las diferencias. La edad, el entorno, las bacterias presentes y las posibles aportaciones maternas forman parte de un proceso más complejo.
¿Pasan estos virus de la madre al bebé?
Los investigadores encontraron poblaciones virales compartidas entre las muestras maternas y las infantiles. Esa coincidencia es compatible con una posible contribución de la madre al fageoma del bebé.
Pero compartir secuencias no demuestra transmisión directa. Estos datos no permiten asegurar qué virus pasó de la madre al bebé, en qué dirección o por qué vía. Para responderlo harían falta análisis genéticos de mayor resolución y otros estudios.
La leche contenía un repertorio de fagos propio, pero el solapamiento entre las muestras de madres y bebés era selectivo. El intestino infantil no era una copia del materno.
Lo que este estudio no permite concluir
El trabajo describe el desarrollo de un ecosistema microbiano. No prueba que un patrón de fagos prevenga enfermedades, ni establece que las diferencias encontradas causen problemas de salud. Tampoco es un ensayo de probióticos, suplementos, fórmulas o tratamientos con fagos.
La cohorte es pequeña y los resultados no tienen por qué trasladarse sin más a todas las poblaciones. Las técnicas también tienen límites: este análisis se basó en ADN, por lo que no captó los fagos de ARN, y las bases de datos disponibles todavía no recogen toda la diversidad viral.
Los autores no encontraron asociaciones significativas para algunos factores relacionados con el parto y los antibióticos, pero advierten de que tenían capacidad limitada para detectar efectos pequeños. No encontrar una asociación en esta muestra no significa que ese factor no influya nunca.
Ciencia para entender, no para juzgar
Las diferencias del fageoma no son una nota que se ponga a la alimentación de una familia. Este estudio no permite concluir que un bebé alimentado con fórmula tenga un intestino enfermo ni que quienes dan leche materna estén garantizando una composición ideal. Las decisiones de alimentación se toman en circunstancias médicas, personales y sociales que un análisis microbiano no resume.
La aportación del trabajo es ampliar la mirada: el intestino del bebé contiene bacterias y también virus que interactúan con ellas. Entender cómo se organiza ese ecosistema puede abrir nuevas preguntas sobre el desarrollo temprano. Antes de convertir esas preguntas en recomendaciones o tratamientos, habrá que estudiar su función y sus consecuencias para la salud.
Fuentes
- Cabello-Yeves E, Samarra A, Summers K, Comas I, Wellington E, Millard A, Collado MC y Marina A. Breastfeeding and maternal microbial reservoirs are associated with infant gut phageome development during the first year of life. Cell Reports Medicine, publicación en línea: 9 de octubre de 2026. Estudio original.
- Europa Press/Infosalus. La lactancia materna influye en los virus asociados a bacterias intestinales del bebé en su primer año, 14 de octubre de 2026.




