Joseph Priestley y el descubrimiento del oxígeno: el experimento de 1774

25/08/2024

Joseph Priestley y el descubrimiento del oxígeno: el experimento de 1774

25 de agosto de 2024

El 1 de agosto de 1774, el químico inglés Joseph Priestley calentó un polvo rojizo con la luz del sol y obtuvo un gas en el que una vela ardía con más fuerza. Aquel gas era el oxígeno, aunque él lo llamó otra cosa y nunca aceptó del todo la teoría que acabó explicándolo. En esta entrada de Retrociencia contamos cómo ocurrió el hallazgo y por qué la historia es más matizada de lo que suele contarse.

Cuando el aire era un elemento

Durante siglos, el aire se consideró uno de los cuatro elementos, junto con la tierra, el fuego y el agua. A mediados del siglo XVIII se hablaba de distintos «aires» y se estudiaban los gases que se desprendían al calentar o quemar sustancias. Joseph Black identificó en 1754 el «aire fijo» (el dióxido de carbono), Henry Cavendish obtuvo hidrógeno en 1766 y Daniel Rutherford aisló en 1772 el nitrógeno.

Priestley, miembro de la Royal Society desde 1766, trabajaba entonces como bibliotecario y acompañante intelectual del conde de Shelburne en Bowood House, lo que le dejaba tiempo para experimentar. Analizaba los gases con un aparato típico de la época: un recipiente invertido sobre agua o mercurio, que permitía recoger el gas y probar si mantenía una llama o la vida.

El experimento del 1 de agosto de 1774

Con una lente de unos 30 centímetros, Priestley enfocó la luz solar sobre óxido de mercurio, un polvo rojizo, dentro de un recipiente de vidrio invertido sobre mercurio. El gas desprendido hizo arder una vela con intensidad y mantuvo vivo a un ratón unas cuatro veces más tiempo que una cantidad igual de aire. Él lo describió como «cinco o seis veces tan bueno como el aire común».

Lo llamó «aire desflogisticado», porque la teoría que manejaba suponía que los materiales combustibles contenían una sustancia, el flogisto, que se liberaba al quemarse. Un aire sin flogisto, razonó, podía absorber mucho más. Describió también cómo se sentía al respirarlo: su pecho le parecía «particularmente ligero y a gusto durante un rato».

Un encuentro en París

En octubre de ese mismo año, Priestley viajó con Shelburne por Bélgica, Holanda, Alemania y Francia. En París contó a Antoine Lavoisier cómo había obtenido el nuevo «aire». Lavoisier repitió los experimentos y, entre 1775 y 1780, dedicó una investigación intensa a ese gas. Concluyó que era un elemento, el principio «activo» de la atmósfera, interpretó su papel en la combustión y la respiración, y le dio el nombre de oxígeno.

Priestley no aceptó todas las conclusiones de Lavoisier. Siguió defendiendo la teoría del flogisto y publicó en 1800 un panfleto con ese objetivo, que amplió en 1803. La teoría del flogisto terminó siendo sustituida por la explicación de Lavoisier.

No fue el único

La Sociedad Química Estadounidense recuerda que el farmacéutico sueco Carl Wilhelm Scheele aisló el mismo gas un año antes y observó una reacción parecida. Lo llamó «aire de fuego», pero sus resultados no se publicaron hasta 1777. Por eso la historia del oxígeno es la de varios investigadores y una interpretación que tardó en llegar, más que la de un único momento de descubrimiento.

Priestley observó además que una planta verde expuesta a la luz podía «refrescar» el aire en el que una llama se había apagado, una pista temprana de lo que más tarde se llamaría fotosíntesis. El interés por el aire y la vida enlaza con otra historia que ya contamos en Retrociencia: dos milenios de generación espontánea.

Fuentes

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