En el Londres de 1825, el alumbrado de gas dependía de un combustible curioso: gas obtenido de aceite de ballena o de pescado. Al comprimirlo, parte del gas se condensaba en un líquido aceitoso que nadie había estudiado a fondo. Michael Faraday lo analizó y, el 16 de junio de 1825, comunicó a la Royal Society que había encontrado un compuesto nuevo de carbono e hidrógeno. Lo que él llamó «bicarburo de hidrógeno» recibiría después el nombre de benceno. En esta entrada de Retrociencia contamos cómo lo aisló.

Un encargo de una compañía de gas

La Royal Institution cuenta, a partir del diario de Faraday, que una compañía de gas portátil le pidió averiguar por qué el gas de los cilindros de cobre perdía poder de iluminación con el tiempo. El 26 de abril de 1825 llegó gas de aceite a su laboratorio de Albemarle Street. El 16 de mayo recibió 211 volúmenes de gas de aceite y empezó un trabajo largo de destilaciones fraccionadas, congelaciones, ebulliciones, condensaciones y prensado.

El propio Faraday explica en su artículo que el líquido se depositaba al comprimir el gas de aceite y que había observado esas sustancias por primera vez en 1820. Era incoloro, menos denso que el agua, insoluble en agua y soluble en alcohol y éter.

De un líquido complejo a una sustancia nueva

Tras destilaciones repetidas, Faraday obtuvo productos desde los más volátiles hasta los menos volátiles. Al enfriar algunas de las fracciones, observó que se solidificaban en una masa cristalina. Separó así una sustancia que, a temperatura ambiente, era un líquido incoloro y transparente. Por debajo de unos 42 grados Fahrenheit (alrededor de 5,5 ºC) formaba cristales ramificados y transparentes. Hervía a 186 grados Fahrenheit (en torno a 86 ºC).

Para conocer su composición, la hizo pasar sobre óxido de cobre al rojo y detonó su vapor con oxígeno. Concluyó que se trataba de carbono e hidrógeno, en la misma proporción que en el gas olefiante (el etileno), pero tan condensados que su vapor ocupaba la mitad de volumen. También observó que no reaccionaba con potasio por debajo de su punto de ebullición y que el cloro producía con ella un líquido de sabor dulce.

Un nombre que no sobrevivió

El artículo, publicado en las Philosophical Transactions, no emplea la palabra benceno. Faraday expresó la composición con las unidades «proporcionales» de su época, y esa visión de las fórmulas químicas era distinta de la posterior. Grabó «bicarburet of hydrogen» sobre el vial y la botella en que guardó la muestra, que se conserva en la Royal Institution. El nombre cambió con el tiempo, a medida que otros químicos obtuvieron la sustancia por otras vías.

Para qué podía servir

El trabajo termina con unas posibles aplicaciones. Faraday señala que, añadido a un gas que arde con llama azul, produce una llama blanca brillante. Según él, es un excelente disolvente del caucho y serviría para todo lo que se usan los aceites esenciales como disolventes. También usó como combustible de una lámpara la parte más volátil, que a presión baja es un gas, para mostrar que era posible. Esa aplicación solo tendría sentido si algún día se obtuviera la sustancia en abundancia.

Lo que quedaba sin responder

Faraday determinó cuánto carbono y cuánto hidrógeno contenía la sustancia, pero no cómo estaban dispuestos sus átomos. Esa pregunta, la estructura del benceno, tardaría décadas en plantearse con claridad y más de un siglo en resolverse. En 1825 era un hallazgo de laboratorio, hecho para entender un residuo industrial, con aplicaciones apenas esbozadas. Conviene no leer en el artículo conocimientos posteriores sobre la molécula.

Esta historia conecta con la química de otras épocas que hemos repasado en Retrociencia, como el estudio del aire y la vida en dos milenios de generación espontánea.

Fuentes