El 6 de julio de 1885 llegó al laboratorio de Louis Pasteur, en París, un niño de nueve años mordido catorce veces por un perro rabioso. Ese mismo día recibió la primera de una serie de inyecciones con un método que hasta entonces solo se había probado en animales. Es la historia de la primera vacuna antirrábica aplicada a una persona, Joseph Meister. En esta entrada de Retrociencia contamos qué se hizo, qué se sabía entonces y cuándo se dio a conocer.

Una enfermedad sin tratamiento

Antes de 1885 la rabia era una enfermedad mortal sin cura. Pasteur llevaba años estudiándola. Como el agente causal no se veía con los microscopios de la época, él y sus colaboradores inocularon fragmentos de sistema nervioso de animales enfermos a otros animales. Tras pasar el virus por conejos una y otra vez, consiguieron un material de virulencia estable. Después comprobaron que los fragmentos de médula espinal de esos conejos, secados al aire durante unos días, perdían virulencia gradualmente.

Con esos fragmentos, inyectados en orden, de los más debilitados a los más virulentos, Pasteur había conseguido que cincuenta perros resistieran la rabia. Esos animales, según su propio relato, no habían sido mordidos antes del tratamiento, pero él ya había obtenido resultados parecidos en perros mordidos.

El 6 de julio de 1885

Según el relato del propio Pasteur, el 6 de julio se presentaron en su laboratorio tres personas de Alsacia, entre ellas Joseph Meister, mordido dos días antes por un perro rabioso. Tenía numerosas heridas en la mano, las piernas y las nalgas, algunas profundas. Un médico local las había cauterizado con ácido carbólico unas doce horas después. Los doctores Alfred Vulpian y Jacques-Joseph Grancher examinaron al niño y coincidieron en que, por la gravedad de las mordeduras, estaba casi con seguridad expuesto a contraer la rabia.

Pasteur, que no era médico, decidió probar con él el método, «no sin una profunda y viva ansiedad», según escribió. Esa tarde, a las ocho, sesenta horas después de las mordeduras y en presencia de Vulpian y Grancher, Meister recibió la primera inyección bajo la piel. El Instituto Pasteur indica que en diez días el niño recibió trece inyecciones de médula rábica cada vez más fresca, es decir, más virulenta. Según el Instituto Pasteur, fue Grancher quien administró el tratamiento tras convencer a Pasteur de intentarlo.

Qué se comunicó, y cuándo

Pasteur no anunció el resultado en julio. El Instituto Pasteur explica que el experimento se hizo con relativa discreción y que no habló del éxito hasta que se repitió con otro paciente. La comunicación a la Academia de Ciencias, titulada «Método para prevenir la rabia después de la mordedura», se leyó el 26 de octubre de 1885. En ella describe el caso de Meister. Afirma que, tres meses y tres semanas después del accidente, su salud no dejaba nada que desear. Y menciona que el 20 de octubre había empezado a tratar a Jean-Baptiste Jupille, un pastor de quince años mordido seis días antes de comenzar el tratamiento.

Esa fecha importa para no confundir dos momentos distintos: el tratamiento de Meister empezó en julio, pero el resultado se presentó públicamente a finales de octubre. Cuando Pasteur lo comunicó, el niño llevaba más de tres meses sin síntomas.

Lo que este caso demuestra y lo que no

El propio Pasteur reconoce en su comunicación que no pretendía interpretar por completo el método. Tampoco sabía cuánto tiempo podía pasar entre la mordedura y el inicio del tratamiento. En Meister fue de dos días y medio, pero advertía de que habría casos con intervalos mucho mayores. Un solo paciente que no desarrolla la enfermedad no permite medir la eficacia de un tratamiento.

El método de 1885 usaba médula de conejo desecada y trece inyecciones, con una última de virus muy virulento como control, según el propio Pasteur. Es un procedimiento de su época y no debe confundirse con las vacunas antirrábicas posteriores. Aun así, el caso de Meister y el de Jupille hicieron que llegaran pacientes de muchos lugares, y poco después se creó un centro dedicado a la vacunación antirrábica. Tres años más tarde se inauguró el Instituto Pasteur.

La historia enlaza con la que ya contamos en Retrociencia sobre cómo se pasó de creer que la vida surgía de la nada a entender el papel de los microbios: dos milenios de generación espontánea.

Fuentes