SARS-CoV-2, la otra epidemia

La pandemia ocasionada por el SARS-CoV-2 ha generado una crisis sanitaria sin precedentes en todos los rincones de nuestro planeta. Los millones de casos diagnosticados y los cientos de miles de fallecidos, cifras todavía en aumento, así lo atestiguan. Sin embargo, el impacto de este nuevo patógeno en otras áreas de la salud también ha generado otro tipo de epidemias, quizá más silenciosas. Una de ellas hace referencia a la salud mental.

Numerosos países, entre los que se encuentra España, tuvieron que recurrir al confinamiento como estrategia a la hora de reducir la transmisión comunitaria del virus. Durante meses, millones de personas permanecieron encerradas en sus casas. Los negocios cerraron, la economía se paralizó, muchos perdieron a seres queridos y la incertidumbre acerca del futuro de miles de familias se apoderó de la población. Ello supone el caldo de cultivo perfecto para la aparición de trastornos relacionados con la ansiedad y el estado de ánimo, y así lo reflejan algunos estudios preliminares: hasta un 19% de la población habría sufrido niveles elevados de ansiedad, cifra que aumenta hasta un 22% si hablamos de sintomatología depresiva grave. Cabe mencionar que las tasas de prevalencia de estas patologías se sitúan aproximadamente en un 7%. Los estudios, además, apuntan a que estos aumentos serían aún más notorios entre jóvenes y personas en situación de desempleo, siendo el nivel de renta una variable a tener en cuenta. 

Confinamiento. Pixabay

Dicho lo anterior, no podemos olvidarnos de nuestros mayores. Sobre todo, aquellos que se encuentran en residencias y quienes padecen algún tipo de demencia y vieron cerrados los centros de día. Tampoco de sus cuidadores, los cuales tuvieron la labor de protegerles y encontraron numerosos obstáculos por el camino. Para un mayor y en especial pacientes de algún trastorno neurodegenerativo como la enfermedad de Alzheimer puede ser complicado comprender tanto la situación como el porqué de su aislamiento. Aún no disponemos de demasiados datos, aunque hay algunos estudios en desarrollo para conocer el impacto del confinamiento en este sector más vulnerable de la población.

Otro efecto importante lo podemos encontrar en el confinamiento en sí.  Además de una limitación de nuestra conducta social o actividad física, la restricción de la movilidad repercute en muchos casos en una escasa exposición a la luz del sol, sobre todo en aquellas personas que residen en viviendas sin balcón o espacios interiores. Una correcta exposición a la luz solar es fundamental para una correcta síntesis de vitamina D, la cual a su vez interviene en la producción de neurotransmisores reguladores del estado de ánimo como la serotonina y la dopamina. Además, influiría negativamente en nuestra calidad de sueño provocando problemas de concentración, rendimiento académico/laboral o irritabilidad.

Los sanitarios: doblemente golpeados

Si hay un sector que se ha visto directamente afectado por la pandemia, ese ha sido el de los sanitarios. Además de representar un porcentaje significativo del total de contagiados, los profesionales de la sanidad han tenido que enfrentarse cara a cara y en primera línea de batalla con el virus. Las evidencias previas nos sugieren de manera amplia que la exposición repetida y prolongada en el tiempo a estímulos potencialmente impactantes aumentan de forma considerable la probabilidad de padecer trastornos relacionados con la ansiedad o estrés postraumático, y los estudios actuales (con resultados aún preliminares) parecen ir en la misma línea.

El proyecto de investigación Sanicovid-19, llevado a cabo por la Universidad Complutense de Madrid con la participación de casi 1.300 sanitarios, desvela que hasta un 80% de estos profesionales muestran síntomas de ansiedad y casi un 6% sintomatología depresiva severa. El miedo al contagio propio y de familiares, junto la escasez de material de protección adecuado, son dos de los principales motivos. Por otro lado, más del 50% de los participantes manifiestan la presencia de síntomas compatibles con estrés postraumático (ansiedad, angustias, pesadillas, recuerdos intrusivos e involuntarios del hecho traumático…) y un 40% reconoce sentir agotamiento mental en el trabajo o burnout.

Aumento en el consumo de fármacos y un espacio para la reflexión

Medicamentos. Pixabay

Todas estas cifras acaban traduciéndose en un aumento en el consumo de psicofármacos. Antidepresivos y ansiolíticos, ya de por sí ampliamente utilizados y en muchos casos de manera abusiva y sin prescripción médica, han visto elevada su demanda en torno a un 15% según el Consejo General de Colegios Farmacéuticos. Ello constituiría el resultado del enorme impacto emocional que ha supuesto para la sociedad esta crisis sanitaria. Y es que nuestro país ha sido uno de los más golpeados y con mayores cifras relativas de contagiados y fallecidos, algo que debería tenerse en cuenta a la hora de que tanto ciudadanos como responsables públicos trabajemos por dificultar al máximo la capacidad de transmisión al SARS-CoV-2. Nuestra salud física, y por supuesto mental, se encuentra en juego y está en mano de todos protegerla.

Miguel Omar Belhouk Herrero. Psicólogo. Máster en Neurociencias.

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