Pan de molde que dura semanas, galletas que no se ablandan, yogures con diez ingredientes, platos preparados que solo piden microondas. Cada vez más calorías de nuestra dieta vienen de ultraprocesados, y la investigación sobre sus efectos ha pasado en pocos años de la sospecha a la evidencia. Conviene entender qué son y qué se sabe de verdad.

Procesado no es lo mismo que ultraprocesado

Procesar alimentos es antiguo y útil: cocinar, fermentar, congelar o envasar conserva y hace seguros los alimentos. La clasificación NOVA, desarrollada por investigadores brasileños, reserva «ultraprocesado» para otra cosa: formulaciones industriales hechas a partir de sustancias extraídas de alimentos – almidones, azúcares, aceites modificados, proteínas hidrolizadas – más aditivos que les dan sabor, color, textura y larga vida.

Hay una regla práctica, propuesta por Carlos Monteiro y su equipo en 2019: mira la lista de ingredientes. Si aparece algo que no encontrarías en una cocina – jarabe de maíz alto en fructosa, aceites hidrogenados, proteína hidrolizada – o aditivos cosméticos como saborizantes, colorantes, emulgentes o edulcorantes, es un ultraprocesado. Los aditivos en sí mismos están regulados y evaluados; la cuestión aquí es el conjunto: un producto diseñado para ser hiperpalatable, barato y duradero.

La señal en los estudios grandes

En febrero de 2024, The BMJ publicó una revisión paraguas de 45 metaanálisis con casi diez millones de participantes: una mayor exposición a ultraprocesados se asociaba con 32 desenlaces de salud distintos. La evidencia más sólida apuntaba a más mortalidad cardiovascular (un 50% más de riesgo relativo entre quienes más consumían) y más diabetes tipo 2, además de ansiedad y depresión.

El matiz honesto: casi todos esos estudios son observacionales y su calidad se calificó de baja o muy baja. Quien come más ultraprocesados también suele fumar más, moverse menos o tener menos recursos, y ajustar eso por completo es difícil. La asociación es consistente, pero no prueba por sí sola la causa.

El experimento que faltaba

Por eso importó tanto el primer ensayo controlado, del NIH en 2019: 20 adultos ingresados durante un mes, con dos dietas ofrecidas con las mismas calorías y nutrientes disponibles. Con la dieta ultraprocesada comieron unas 500 kilocalorías más al día y ganaron alrededor de un kilo en dos semanas; con la dieta mínimamente procesada, perdieron peso. La oferta estaba diseñada para ser comparable en nutrientes, pero el consumo fue distinto. El ensayo mostró un efecto sobre la ingesta y el peso; no permite atribuirlo a una sola característica de esos alimentos.

Qué hacer sin obsesionarse

La recomendación práctica no es el pánico sino el patrón: que la base de la dieta sean alimentos poco procesados – verduras, fruta, legumbres, pescado, huevos, frutos secos – y que los ultraprocesados ocupen el rincón ocasional, no el centro. Leer la lista de ingredientes es más útil que fijarse en las promesas del frontal del envase. Y un paquete de galletas de vez en cuando no decide la salud de nadie: lo que decide es lo que se repite cada día.

Información divulgativa, no una recomendación dietética individual. Imagen generada con inteligencia artificial (IA), solo ilustrativa.