Una tos que no desaparece puede hacer pensar que hace falta un tratamiento más fuerte. Pero la pregunta útil no es si un medicamento parece potente: es si actúa contra la causa del problema y si su beneficio supera sus riesgos. Los antibióticos son esenciales para tratar determinadas infecciones bacterianas, pero no curan los resfriados causados por virus.

Virus y bacterias: tratamientos diferentes

La campaña de la OMS de 2020 sobre resistencia a los antimicrobianos lo explica: los antibióticos pueden actuar contra bacterias, no contra infecciones víricas como el resfriado o la gripe. No todos los microorganismos responden a los mismos medicamentos. Puedes ampliar esta diferencia en nuestra introducción a los virus.

Eso tampoco significa que cualquier infección respiratoria sea vírica ni que nunca necesite antibióticos. La neumonía y otras complicaciones requieren una valoración diferente. Incluso durante una enfermedad causada por un virus pueden aparecer infecciones bacterianas: la OMS Europa advirtió en noviembre de 2020 de que algunos pacientes con COVID-19 grave tenían coinfecciones bacterianas que sí podían requerirlos. La decisión corresponde a la evaluación clínica, no a una regla de automedicación.

Qué muestran los estudios del resfriado

La revisión Cochrane de 2013 sobre antibióticos para el resfriado y la rinitis purulenta aguda incluyó 11 estudios. En el análisis de seis ensayos del resfriado, con 1.047 participantes, quienes recibían antibióticos no mejoraron más que quienes tomaban placebo en curación o persistencia de síntomas. Los efectos adversos fueron más frecuentes en los adultos tratados.

La revisión también analizó la secreción nasal purulenta de menos de diez días de duración y no encontró pruebas de beneficio que justificaran el uso rutinario. El color del moco, por sí solo, no convierte un cuadro en una indicación de antibióticos. Los autores señalaron límites: distintos medicamentos, formas diferentes de medir los resultados y riesgo de sesgo moderado. La conclusión no es que un resfriado sea agradable o que no necesite cuidados, sino que añadir un antibiótico no aporta el beneficio buscado en esos estudios.

Bronquitis aguda: un beneficio pequeño no es una cura rápida

La revisión Cochrane de 2017 sobre bronquitis aguda reunió 17 ensayos y 5.099 participantes sin enfermedad pulmonar crónica subyacente. La duración media de la tos se redujo aproximadamente medio día con antibióticos. No hubo una diferencia clara en la proporción de personas consideradas clínicamente mejoradas en el análisis principal.

También aumentaron los efectos adversos. Entre los descritos estaban náuseas, vómitos, diarrea, dolor de cabeza y erupciones. Una reducción media pequeña debe compararse con esas molestias y con los daños del uso innecesario a escala poblacional. Los resultados no deben extrapolarse sin más a personas mayores frágiles con varias enfermedades, que podían estar poco representadas en los ensayos.

Un ensayo publicado en The Lancet Infectious Diseases en 2013 comparó amoxicilina con placebo en adultos atendidos por infección respiratoria baja cuando no se sospechaba neumonía. No encontró una mejora significativa de la duración de los síntomas moderadamente malos o peores ni de su gravedad. Hubo menos casos de síntomas nuevos o agravados, pero también más náuseas, erupción o diarrea. El balance importa tanto como encontrar un resultado favorable aislado.

Esperar no significa abandonar al paciente

La guía NICE de 2019 sobre tos aguda indica que suele mejorar en tres o cuatro semanas sin antibióticos. Desaconseja ofrecerlos de forma rutinaria para una tos asociada a infección respiratoria alta o bronquitis aguda si la persona no está muy enferma en términos generales ni tiene mayor riesgo de complicaciones.

La misma guía cambia el enfoque cuando hay afectación importante del estado general o mayor riesgo. También recomienda explicar cuándo volver a consultar: si los síntomas empeoran rápida o claramente, no mejoran después de tres o cuatro semanas o la persona se encuentra muy mal. No es razonable usar los ensayos de cuadros no complicados para retrasar la atención de un paciente que empeora.

La receta diferida: una decisión con instrucciones

En algunos cuadros, el profesional puede optar por una prescripción diferida: entrega una receta con indicaciones claras sobre cuándo usarla, esperando que el problema se resuelva antes de necesitarla. No consiste en guardar sobras de otra enfermedad y decidir por cuenta propia.

La revisión Cochrane de 2017 sobre esta estrategia incluyó 11 estudios y 3.555 participantes con distintas infecciones respiratorias. El uso de antibióticos fue menor con la receta diferida que con la inmediata: 31% frente a 93% en esa comparación. Para muchos resultados clínicos no hubo diferencias, aunque algunos síntomas de otitis y dolor de garganta mejoraron modestamente con el tratamiento inmediato.

Los ensayos no encontraron diferencias en las tasas de complicaciones, pero ese resultado no garantiza que esperar sea seguro para cualquier persona. La estrategia depende de una valoración previa, instrucciones y posibilidad de volver a consultar. La revisión no aportó resultados sobre resistencia antibiótica; reducir el consumo no equivale a haber medido una reducción de resistencias en esos participantes.

Usar bien lo que sí hace falta

La resistencia no significa que el cuerpo se acostumbre al medicamento: son los microorganismos los que dejan de responder. La OMS identifica el uso excesivo o inadecuado como uno de los factores que favorecen la resistencia. Evitar tratamientos innecesarios ayuda a preservar medicamentos que pueden salvar vidas cuando están indicados.

Si se prescribe un antibiótico, hay que seguir las indicaciones del profesional y consultar dudas o efectos adversos, sin cambiar la duración ni sustituirlo por cuenta propia. La prevención también importa: nuestra explicación sobre higiene de manos, agua y jabón y gel hidroalcohólico revisa una medida útil sin prometer protección absoluta.

La evidencia deja preguntas abiertas sobre ciertos grupos de riesgo y sobre cómo aplicar estas estrategias en cada entorno. No tomar un antibiótico sin indicación no es renunciar a tratarse: es elegir cuidados que respondan al problema real y mantener una vía de atención si la evolución no es la esperada.

Contenido divulgativo. No permite diagnosticar la causa de una tos ni decidir un tratamiento individual. Si hay empeoramiento importante, busca atención sanitaria.

Imagen destacada: ilustración generada con IA. No representa una consulta ni un medicamento identificable reales.