A todos nos ha llegado alguna vez: el audio de WhatsApp de una tía que asegura que un zumo «limpia el hígado», el vídeo que promete acabar con el dolor de articulaciones con una planta, el testimonio que jura que un suplemento le cambió la vida. ¿Cómo distinguir un consejo de salud fiable de uno engañoso antes de creérselo y, sobre todo, antes de reenviarlo? Esta semana es un buen momento para repasarlo: del 24 al 31 de octubre se celebra la Semana Mundial de la Alfabetización Mediática e Informacional, promovida por la UNESCO, que este año lleva por lema «We All Play a Part» (en traducción libre, «todos tenemos un papel»). Su idea central es justo esa: comprobar la información que leemos y que compartimos es una responsabilidad de cada uno.

Ilustración: una persona mira su móvil en la cocina mientras de la pantalla sale una cascada de iconos de pastillas, plantas, corazones y bocadillos de comentario
Imagen generada con inteligencia artificial.

Qué es la alfabetización mediática e informacional

La alfabetización mediática e informacional es el conjunto de capacidades que permiten buscar, evaluar, usar y crear información de forma crítica, tanto en medios tradicionales como en entornos digitales. La UNESCO la conmemora cada año del 24 al 31 de octubre con actos en todo el mundo, y en la edición de 2026 pone el acento en que mejorar la calidad de la información es un compromiso compartido: instituciones, medios, educadores y también cada persona que tiene un móvil en la mano. En temas de salud esto importa el doble, porque de lo que leemos pueden depender decisiones sobre nuestro cuerpo.

Infodemia: cuando el problema no es la falta de información, sino el exceso

La Organización Mundial de la Salud define la infodemia como el exceso de información, incluida información falsa o engañosa, que circula por entornos digitales y físicos durante un brote de enfermedad. El problema no es solo que haya mentiras: tanta información contradictoria genera confusión, empuja a comportamientos de riesgo y erosiona la confianza en las autoridades sanitarias, lo que puede alargar o agravar los propios brotes. Lo vivimos durante la pandemia de COVID-19. Y con las redes sociales, la información (también la mala) viaja más rápido que nunca, así que la infodemia ya no se limita a las emergencias: convive con nosotros a diario.

Seis señales de alarma

Ninguna señal por sí sola demuestra que algo sea falso, pero cuando varias coinciden conviene frenar. Estas son las más habituales en los bulos de salud:

Gráfico: seis tarjetas con las seis señales de alarma de la información engañosa sobre salud
Figura 1. Seis señales de alarma habituales en la información engañosa sobre salud. Gráfico elaborado por educaina.
  • Promesas milagrosas. Lo cura todo, funciona rápido y no tiene riesgos. La medicina real rara vez ofrece certezas absolutas; quien las ofrece, desconfía.
  • Apelación a la conspiración. «Lo que no quieren que sepas», «la industria lo oculta». La ciencia no funciona por secretos: los resultados se publican y se discuten abiertamente.
  • Testimonios en lugar de estudios. «A mí me funcionó» no separa el efecto de un remedio de la evolución natural de la enfermedad o del efecto placebo, como explicamos en el artículo sobre estadística y pseudociencia.
  • Fuentes vagas o inexistentes. «Un estudio de una universidad prestigiosa», sin enlace, sin autor y sin fecha, no es una fuente: es una coletilla.
  • Urgencia y miedo. «Actúa ya», «compártelo antes de que lo borren». La presión para actuar sin pensar es una herramienta de manipulación.
  • Termina vendiéndote algo. Un suplemento, un curso, una consulta. No todo lo que se vende es falso, pero un conflicto de interés es motivo para comprobar el doble.

Cómo comprobarlo: el método SIFT en cinco pasos

El bibliotecario estadounidense Mike Caulfield resumió la verificación en cuatro movimientos que aquí adaptamos en cinco pasos:

  • Para antes de compartir. Si un contenido te provoca una emoción fuerte (indignación, esperanza, miedo), es justo el momento de frenar. No reenvíes nada hasta saber qué es.
  • Investiga la fuente. ¿Quién firma? ¿Tiene formación real en el tema? ¿Vende algo? Un título junto al nombre tampoco basta: incluso personas con formación científica difunden a veces afirmaciones sin respaldo, algo de lo que ya hablamos en educaina a propósito de la pseudociencia de los científicos.
  • Busca mejor cobertura. ¿Lo recoge algún medio o verificador independiente? En España, Maldita.es forma parte de la red internacional de verificación IFCN y desmonta bulos de salud a diario. Si una afirmación importante solo aparece en una página, sospecha.
  • Ve a la fuente original. El estudio real, la AEMPS, el Ministerio de Sanidad, la OMS. Los titulares sobre «un estudio» suelen simplificar, y a veces el trabajo dice justo lo contrario de lo que cuenta el vídeo.
  • Comprueba la fecha. La información sanitaria caduca: noticias de hace años recirculan como si fueran de hoy y las recomendaciones cambian con la evidencia.

«No está demostrado» no siempre significa lo mismo

Hay dos situaciones que conviene no mezclar. La primera es la de las prácticas estudiadas con resultado negativo. Un ejemplo reciente: la AEMPS publicó en 2026 un informe que analizó 64 revisiones sistemáticas sobre homeopatía publicadas desde 2009. Su conclusión fue que no existe evidencia científica publicada que avale su eficacia como instrumento terapéutico, que la eficacia observada en los trabajos publicados es comparable a la del placebo, y que la evidencia es insuficiente para recomendar productos homeopáticos en ninguna de las patologías analizadas. Es decir, la pregunta se ha estudiado a fondo y la evidencia disponible no la respalda. La segunda situación es la de las técnicas simplemente sin estudiar: el análisis preliminar del Plan para la Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias no encontró, para 71 de las 138 técnicas revisadas, ensayos clínicos ni revisiones sistemáticas en PubMed entre 2012 y 2018. En esos casos la respuesta honesta no es «se ha demostrado que no funcionan», sino «no hay datos que permitan evaluarlas»; mientras tanto, lo prudente es no darlas por probadas y no sustituir con ellas tratamientos que sí tienen respaldo.

Tampoco hay que confundir asociación con causalidad: que dos cosas coincidan no significa que una provoque la otra, un matiz que aplicamos recientemente al hablar de la relación entre cortisol y grasa abdominal en el artículo sobre el mito del drenaje linfático. Y cuando la promesa viene de la industria de los suplementos, conviene recordar lo que contamos sobre la vitamina D, entre el déficit real y las promesas: un déficit real existe, pero no convierte cada suplemento en una necesidad.

Compartir también es publicar

El lema de este año lo resume bien: todos tenemos un papel. Cada reenvío sin comprobar da alcance a un bulo; cada pausa para verificar corta la cadena. No hace falta ser experto en nada: parar, mirar quién firma y buscar una segunda fuente fiable ya evita la mayor parte del daño. Y si después de comprobarlo sigues teniendo dudas, la opción más sencilla de alfabetización mediática es también la más eficaz: no compartir.

Referencias

  1. UNESCO. Global Media and Information Literacy Week 2026. https://www.unesco.org/en/articles/global-media-and-information-literacy-week-2026
  2. Organización Mundial de la Salud. Infodemic. https://www.who.int/health-topics/infodemic
  3. Caulfield M. SIFT (The Four Moves). Hapgood, 19/06/2019. https://hapgood.us/2019/06/19/sift-the-four-moves/
  4. AEMPS (2026). Homeopatía y productos homeopáticos. Evaluación de las evidencias acerca de su eficacia y seguridad. https://www.aemps.gob.es/informa/docs/informe-homeopatia-2026.pdf
  5. Plan para la Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias. Resumen del informe preliminar sobre técnicas con pretendida finalidad sanitaria. https://www.conprueba.es/sites/default/files/multimedia/documentos/informes-pseudoterapias_1.pdf