Miden unos milímetros, no saltan ni vuelan y su picadura no duele: la saliva de la garrapata lleva sustancias que anestesian la zona. Por eso puede pasar varios días alimentándose de nuestra sangre sin que nos demos cuenta. Y aunque la mayoría de las picaduras no transmite nada, algunas garrapatas portan microbios que conviene conocer.

Una estrategia de paciencia

Las garrapatas esperan sobre la hierba o los matorrales, con las patas delanteras extendidas, a que pase un animal —o una persona— al que agarrarse. No caen de los árboles, como se suele creer: suben desde el suelo y recorren el cuerpo buscando zonas húmedas y de piel fina. Una vez clavada la boca, se alimentan durante días, aumentando varias veces su tamaño antes de soltarse.

Lo que pueden transmitir

La enfermedad transmitida por garrapatas más frecuente en Europa es la borreliosis o enfermedad de Lyme, causada por la bacteria Borrelia burgdorferi. Su señal más reconocible es el eritema migrans: una mancha roja que aparece en la zona de la picadura entre tres y treinta días después y que crece hacia fuera como un anillo. Según la ficha del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, sin tratamiento la infección puede alcanzar articulaciones, corazón y sistema nervioso, pero la mayoría de los casos se resuelve con unas semanas de antibióticos.

Un dato importante: la bacteria tarda horas en pasar de la garrapata a la persona. El riesgo aumenta con el tiempo que lleva enganchada, de modo que quitarla cuanto antes reduce mucho el riesgo.

España tiene además un caso particular: la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo. El virus se detectó en garrapatas de Cáceres en 2010 y en septiembre de 2016 se diagnosticó el primer caso humano autóctono, en Ávila, como recogió el informe de evaluación del riesgo del Ministerio de Sanidad. Es rara, pero recuerda que las enfermedades transmitidas por vectores no son un problema lejano: ya hablamos de ello a propósito del dengue en España.

Cómo quitar una garrapata (y cómo no)

La técnica correcta es sencilla: con unas pinzas de punta fina, agarrar la garrapata lo más cerca posible de la piel y tirar hacia arriba, de forma continua y sin retorcer. Después, lavar y desinfectar la zona. No hace falta arrancarla de golpe ni angustiarse si queda un resto minúsculo de la boca: no aumenta el riesgo de infección por Borrelia.

Lo que no hay que hacer es todo lo demás: ni aceite, ni alcohol, ni esmalte de uñas, ni quemarla con una cerilla. Esos trucos pueden hacer que la garrapata regurgite y aumente el riesgo de transmisión.

Prevenir y vigilar

En zonas de campo, hierba alta o matorral, ayudan el calzado cerrado, los pantalones largos —mejor por dentro de los calcetines— y el repelente. Al volver, la revisión del cuerpo es la medida más eficaz, con atención a los pliegues: ingles, axilas, detrás de las rodillas, cintura y, en los niños, cabeza y cuello. También conviene revisar a las mascotas, que pueden traerlas a casa.

Si en las semanas siguientes a una picadura aparece una mancha que crece, fiebre o dolor muscular, es momento de consultar: cuanto antes se diagnostique, mejor responde al tratamiento. Y ante cualquier duda sobre síntomas, la valoración corresponde siempre a un profesional.

Información divulgativa, no una recomendación médica individual. Imagen generada con inteligencia artificial (IA), solo ilustrativa.